Los americanos tienen esa obsesión por simplificarlo todo: la comida chatarra, el viaje en automóvil, el cine de acción, las ropas, las casas, las razas de perros, el idioma y, por supuesto, las adaptaciones literarias. La primera vez que leí a Poe no fue a Poe, sino una novela gráfica de alguno de sus cuentos: The Pendulum and the Pit, The Fall of the House of Usher o The Cask of Amontillado. En las horas libres que tenía en el New London High School, en los abismos del salón de música, donde solía pasar las horas libres, leyendo, en vez de dedicarme a jugar fútbol americano o béisbol (otro pasatiempo de estos lugares) me sumergía en sus historias. Entre el 5 y el 15 de agosto de este año, y escapando del verano de Columbia, emprendí un viaje hacia el norte para recorrer los lugares habitados por este escritor maldito.
La salida
El Cherokee me lleva a la casa de Allan Poe en Richmond, Virginia. La carretera cruza un océano de maizales, el cielo pinta de celeste. El reflejo del sol impacta contra el chasis del coche, rebota sin compasión, empañándome la vista; es la vida de la primavera, con los árboles rebosantes, abundante agua de los lagos. Los vehículos sin rumbos conocidos, infinitos, ciegos, aceleran hasta perderse en alguna ondulación de la carretera. Cojo el timón con ambas manos, un policía pasa a mi lado. Me mira. Acelera dejándome atrás envuelto en un manto de ideas confusas, de pensamientos acelerados. A mi lado viaja Fátima. La veo cansada: lleva siete meses de embarazo. Cada cierto tiempo se acaricia el vientre, levanta la mirada, se pierde en los mismos paisajes bañados de verde, amarillo, con la ingratitud del día que se nos va.
En Richmond, nos quedamos en una posada de esas de uso temporal a la que están acostumbrados los americanos; un hindú nos recibe en la puerta: “Good evening, sir”, con esa deferencia tan elegante, tan hindú, tan amical. Me pregunta por el motivo de mi viaje: ¿Placer? ¿Negocios? ¿Tránsito? Esa pregunta a la que tantas y tantas veces me he enfrentado: siempre con una sonrisa, siempre la misma respuesta: Viaje literario. ¿Existe un viaje literario? ¿No es la literatura un viaje en sí misma?
Necesito dormir, pienso. No entiendo por qué razón el hindú se demora tanto en confirmar mi identidad en el sistema. En la pared del módulo de recepción hay una pintura de Monet: nada más lejano que sus jardines japoneses en un lugar donde reina la artificialidad, el coche, la velocidad, el sol tremebundo, la humedad ciega. Salgo de la habitación y la pesadez del aire me devuelve de inmediato al lobby del hotel.
La noche cae; se prenden las luces: unos postes con mosquitos desesperados alrededor.
Empiezo a escribir unas notas en mi cuaderno: dos márgenes: uno con una lista de preguntas guía y otra un esquema de la ciudad. ¿Qué siente, qué dice la gente en los lugares donde vivió y escribió Allan Poe? ¿Qué queda de esos lugares? ¿Qué significan para la ciudad su nombre, su legado, sus escritos? ¿Quién fue Edgar? ¿Cómo, cuándo, dónde escribía? ¿Veré al gato negro? ¿El péndulo y el pozo? ¿Acaso la casa de Usher? Es tarde, las doce más o menos, y la pantalla de la computadora tiene una serie de referencias que me llevan de un lado a otro.
Mi primera noche en Richmond: el aire acondicionado roto.
La casa de Richmond
Centro de Richmond: calles en pendiente, estrechas, extensas; madera y ladrillos en las casas que se aferran a un paisaje pintoresco, luminoso, de edificios neoclásicos, de los que destaca el capitolio de Virginia. En Main Street East 1914 se encuentra la Old Stone House, edificio del siglo XVII, la que se considera la joya arquitectónica más antigua de la ciudad. En esta casa funciona el museo de Allan Poe.
Los admiradores de Poe no son nuevos. La iniciativa de crear un museo en la ciudad donde Poe creció, se enamoró y empezó su carrera como poeta, bajo la influencia y la admiración de sus queridos Byron y Wordsworth, empezó hace cien años. Producto de la iniciativa del coleccionista James Howard Whitty junto a otro grupo de amantes de la literatura del escritor.
En realidad, Poe nunca vivió en la casa donde me encuentro. La casa donde creció junto a la familia de John Allan se llama Moldavia y fue demolida hace cien años. Una placa colocada en 1907 se encuentra en su lugar. Que no se piense, sin embargo, que la casa donde se encuentra el museo actualmente carece de valor alguno. Por el contrario, sus habitaciones están llenas de objetos personales, manuscritos, primeras ediciones.
¿Cómo escribía Poe? Un escritor es escritor al momento de crear. Su naturaleza fluye al contacto de la mano con el lapicero: ese primer chispazo al que los románticos solían llamar inspiración. Frente a mí tengo los escritorios donde Allan Poe escribía. Uno es más grande que el otro. ¿Por qué? Poe no era para nada un escritor que, como Víctor Hugo, creyera en el poder de las musas, en la genialidad del creador, en su grandeza. No. Uno de sus ensayos más originales, The Philosophy of Composition, publicado en 1846, propone un tipo de escritura casi racional y consciente de sus procedimientos en cuanto a extensión, tono y trama. Empezar por el final, decía, le ayudaba a crear el “efecto de unidad” del cuento o del poema, géneros en los que destacó. En una foto de 1922, el escritorio de Poe tiene la silla con el respaldar recortado. Es la misma silla que se ve ahora. ¿Por qué? T.W. White, propietario de la revista en la que Poe se forjó como escritor, Southern Literary Messenger, mandó a cortarla deliberadamente para que el escritor no pudiera recostarse. ¿Maldad? Edgar Allan Poe era un proocador, y sus ideas incomodaban a otros escritores del medio literario. Aunque también pudo ser por envidia. Envidia insana, pues, gracias a Poe, la revista creció en tiraje durante los diecisiete años en los que trabajó ahí.
Poe conoció las estrecheses de un escritor obsesionado. Vivió a salto de mata con un salario cada vez menor, aceptando lo que le llegara. En uno de los escaparates, las ediciones de Corazón delator, uno de sus cuentos más emblemáticos, publicado en 1843 en The Pioneer, revela que cobró $ 10.00. A pesar de estas minucias, Poe vivió enteramente de su oficio: “Sin un plan B, como otros escritores de su época y de épocas posteriores”, me dice Clarissa, una de las guías de la casa, la de menor tamaño, cuyo vestido negro la hace ver como Madeline Usher. Poeta, cuentista, ensayista, reseñista y novelista. Su única novela: Las aventuras de Gordon Pym, lo colocan como un escritor prolífico, laborioso, poliédrico. Escritor y pensador. La prensa como materia prima para expresar las ideas en y hacia un público fue su única escuela.
Ailurofilia: amor por los gatos
Apenas ingresamos, aparecieron dos gatos, uno negro y el otro con manchas a la altura del pecho y barbilla: Edgar y Tib. Gatitos retozones, amables con los visitantes, se los ve a veces en la cama de Poe o en los escritorios.
Edgar Allan Poe fue devoto amante de los gatos (un auriófilo). Cuando vivía con su primera esposa, Virginia Clemm, en Richmond, tenía una de nombre Catarina. Catarina era una gata carey que solía acurrucarse en el hombro de Poe mientras escribía. ¿Quién pensaría que un admirador de los gatos escribiría un cuento lleno de crueldad y animadversión por los felinos? The Black Cat narra la historia de un asesinato. El narrador es un alcohólico que asesina a Pluto, su compañero fiel durante muchos años, colgándolo de un árbol. Después asesina a su mujer y la esconde detrás de una pared. Para redimirse, un nuevo gato parecido a Pluto, pero con manchas blancas, llega a su casa. Su alcoholismo se agudiza. El gato convierte en una presencia incómoda. La consciencia lo traiciona dando pie a la policía para descubrir el crimen.
Edgar y Tib se parecen a estos gatos. Adquieren un aura especial al cruzar el Jardín Encantado, el lugar más fresco en este verano infernal. Los veo desde una silla junto a la pileta de donde se ve también el busto de Edgar Allan Poe, obra de Edmund Quinn, develado por el centenario de Poe el 19 de enero de 1909.
“Los gatos escogieron vivir en la casa y no a la inversa”, dice Clarisa, con la voz un poco temblorosa. Es la más pequeña del grupo de guías del establecimietno. “En 2012 aparecieron, me cuenta Helen, otra de las muchachas del lugar, junto a otro gatito”. Sus nombres: Edgar, Pluto y Catarina.
¿Y Tib? A Tib lo adoptaron después de la muerte de Pluto en septiembre de 2024.
El homenaje a un escritor
Cuando el nombre de un escritor se vincula al de una ciudad, se puede afirmar, y sin miedo ha equivocarse, que el escritor es inmortal. Es imposible pensar en Ruán sin Flaubert, como es igual de imposible pensar en Charles Dickens sin Londres. Con Poe sucede algo parecido. Esta simbiosis entre el escritor, su vida, la obra son inevitables. Richmond es Poe, y Poe es Richmond. Y el homenaje son los bares, las cantinas, las calles, las estatuas, las salas de arte que llevan su nombre. Pero también las bibliotecas, los aeropuertos, las casas museo, los billetes que contribuyen a perpetuar su imagen. De más está decir que las reediciones, las antologías, las traducciones, las novelas gráficas, las películas, los resúmenes, los artículos sobre la obra juegan un rol esencial. La academia tiene un discurso pretencioso sobre esto: la canonización.
Poe es uno de esos escritores que nadie rechaza, al que todos quieren. García Márquez también es así. Nadie se atreve a decir que no le gusta (al menos en voz alta). El Poe cuentista gusta a todos, el Poe ensayista es admirable, polémico, a veces incómodo. En las escuelas norteamericanas todos quieren a Poe, son herederos de The Raven y The Black Cat. En Latinoamérica se ha vuelto lugar común afirmar que Clemente Palma y Horacio Quiroga no serían nada sin su obra. ¿Es así? Nunca conocí a un solo escritor que dijera lo contrario. En todo caso, las opiniones de Jorge Luis Borges sobre Poe nos ayudan a comprender mejor al escritor: “Poe se creía poeta, y solo poeta, nos dice Borges, pero las circunstancias lo llevaron a escribir cuentos, y esos cuentos a cuya escritura se resignó y que debió encarar como tareas ocasionales son su inmortalidad”.
La casa de Baltimore
Una tormenta al salir de la autopista borra los contornos del parabrisas. Las calles de Baltimore se asemejan a una prisión de ladrillos colorados. Me detengo en una calle estrecha por precaución. El viento arranca el árbol de una jardinera. El árbol es arrastrado por la pista hasta chocar con unas rejas de la estación ferroviaria. No me atrevo a abrir la ventana.
Sale el sol. Sol radiante. La casa de Poe está en una antigua zona de la periferia llena de otras casas a medio pelo. Pasamos por unas calles salpicadas de orines, drogadictos entumecidos sobre las calzadas.
¿Aquí vivió Poe? En Amity Street, una casita, casi una cabaña, menuda, junto a un condominio en construcción, y frente a una plazoleta, nos espera en una esquina: la casa de Edgar Allan Poe.
La casa es mucho más pequeña por dentro que por fuera. Es también más pequeña que la de Richmond, y a diferencia de aquella, aquí sí vivió Poe. De 1831 a 1835 esta casa acogió al escritor, su prima Virginia Clemm (con la que se casó cuando esta tenía solo trece y él veintisiete), su tía María y Henry (hermano de Virginia). Una de las razones para la mudanza fue la epidemia de cólera que se desató en los barrios del centro, la que provocó muertes, miseria, y una sensación de desamparo.
La casa no tiene más de cinco habitaciones en dos niveles. Si no fuese porque Poe vivió aquí, no tendría nada de extraordinaria. “Es una casa estrecha, me dice Ana, una de las guías más veteranas entregadas a difundir el legado de Poe, muy pequeña, con apenas un vestíbulo, una cocina, dos habitaciones en el segundo nivel y a buhardilla. Todas con áreas reducidas”. Y, en efecto, el interior provoca una sensación de encierro.
Desempleado, con una carrera militar abandonada, antes de su experiencia en el Southern Literary Messenger, Poe solía escribir en la buhardilla a la que accedo a través de una escalera que la conecta con una de las habitaciones. Una mesita de noche, un candelabro, un tintero con una pluma de ganso, una silla y una cama es todo lo que se encuentra aquí. El silencio es absoluto, si se cierra la puerta. “La claustrofobia de esta habitación inspiraba a Poe”, precisa Ana.
Probablemente en esta habitación escribió Berenice, MS Found in a Bottle, Morella, y fue el periodo en el que Poe se acercó a la narrativa, dejando de lado la poesía.
La casa de Philadelphia
Demoramos más de lo planeado al confundir la salida de la autopista. Engaños circunstanciales. El retraso que ocasionan estos errores confunden al reloj y lo alejan a uno de su destino.
Estacionamos.
La casa de Poe se encuentra, ahora, frente a nosotros, con el cielo a contraluz, haciendo temblar unas tejas del techo. No es posible estacionarse por mucho tiempo: los controladores son muy precisos en marcar sus límites. Es una calle estrecha, transcurrida por autos y camiones. Los pocos jóvenes que pasan frente a nosotros nos miran con curiosidad, como si de pronto hubieran descubierto la importancia del lugar: What’s up guys?, nos dice un muchacho de capucha.
Esta casa abrió sus puertas desde 1934, a iniciativa de Richard Gimbel, coleccionista apasionado que celebró el 125 cumpleaños de Poe en ella. Aquí Poe creó historias del calibre de: The Gold-Bug, The Black Cat (vendido al Saturday Evening Post a $ 20.00) y el poema The Raven. Durante este tiempo escribió su primer policial, mejor dicho, el primer policial de la literatura: The Murders in the Rue Morgue, publicado en una revista de variedades para “Caballeros”: la Burton’s Gentlemen’s Magazine.
La muerte rondó cerca de esta casa, se hizo presente, marcó el itinerario posterior de Poe: Virginia contrajo tuberculosis. Su muerte a los 24 años dejaría a Poe deshecho, incrementando más su afición por el alcohol, sus noches en vela, aunque también el espíritu creador en momentos de crisis. La pérdida progresiva de Virginia estuvo atravesada por la escritura de The Masque of the Red Death, The Oval Portrait, The Conqueror Worm, cuyos temas hacen que veamos lo vulnerables que somos ante la muerte.
La casa está cerrada. Cerrada. (Se encuentra en refacción). Pero al menos permite visualizar por una ventanilla a la altura del piso las dismensiones del sótano, sumido en la oscuridad, donde se piensa que Poe se inspiró para la vivienda en la que el protagonista del Gato Negro sepulta a su mujer tras la pared.
Los jardines están descuidados, con bolsas de basura apoyadas contra los muros laterales. Las puertas tienen el aire de haber sido violentadas: unos agujeros manchan la superficie, la pintura descascarada con rastros sobre el piso, las cáscaras de plátanos ennegrecidas tienen una bandada de moscas alrededor.
Nos alejamos lentamente, vigilados por la mirada de la escultura del cuervo del patio. No tenemos prisa. Ya nos alcanzó la noche. Tal vez nos quedemos a dormir en algún motel de carretera, comamos una hamburguesa al paso, miremos las estrellas.
El estudiante de Virginia
Son las tres de la madrugada de una noche húmeda, tibia. La habitación del joven estudiante Edgar Allan Poe de la Universidad de Virginia está frente a mí. Un panel de vidrio me separa de esta habitación donde Poe pasó siete meses: una cama, un baúl, un escritorio, un busto de Palas Atena, un cuervo disecado, una estufa con libros apilados encima (logro distinguir el nombre de Voltaire en uno de los lomos). Así lucían la mayor parte de habitaciones de estudiantes en 1826, cuando Poe vino de Richmond a estudiar lenguas antiguas y modernas. Es una habitación más entre otras conectadas a través de un largo corredor, junto a La Rotonda, biblioteca diseñada por Thomas Jefferson, con el Panteón Romano como inspiración, y frente a las áreas verdes con senderos que llevan a otras oficinas administrativas del campus.
Recorro dos veces a lo largo y ancho los pasadizos que conectan estas estructuras. Me siento, pienso: ¿Qué vería Poe?
Saco del libro de Christopher P. Semtner que, en 1826, el lugar estaba impregnado de olores nauseabundos. ¿Por qué? El anfiteatro se ubicaba frente al pabellón de estudiantes. La evolución de la medicina se había convertido casi en una obsesión para los universitarios. Una demanda grande de cadáveres se generó a raíz de esto. Cadáveres que se conseguían de dos formas: la profanación de cementerios o el asesinato de enfermos, mendigos, esclavos, borrachos.
La calle que atraviesa el pabellón de estudiantes, además, ofrecía en ese tiempo espectáculos violentos. Entre otras cosas, Poe cuenta en una carta a su benefactor, John Allan, cómo vio una pelea entre dos estudiantes en la que uno de ellos le muerde el brazo a otro hasta arrancarle un pedazo de carne.
Los años de estudiante de Poe también estuvieron atravesados por la pobreza. John Poe no le enviaba el dinero suficiente para las pensiones. (Este no consideraba que las letras tuvieran algo favorable en la educación de su protegido). Poe sobrevivió durante algún tiempo sin su ayuda, al punto de llegar a romper muebles y quemarlos en la chimenea para abrigarse. Las apuestas y el alcohol, por otra parte, como afirma un amigo cercano de apellido Tucker, se sumaron a sus deudas. Tuvo que abandonar la universidad, sin recursos, aunque con excelentes calificaciones. Una curiosa anécdota se suma a esto: las deudas de Poe fueron pagadas un siglo más tarde de su deserción, en 1926, a cargo de uno de sus bibliotecarios, Harry Clemons.
En 1904, se fundó la Raven Society, institución encargada de custodiar la habitación donde el alumno más célebre de la universidad estudió un semestre. Y la encargada, además, de gestionar encuentros anuales para leer los poemas de Edgar Allan Poe en la puerta de su habitación: The Raven, Annabel Lee, Alone, encuentran oyentes entusiastas.
El espíritu de la carretera
La carretera es un conducto que deja atrás las emociones y las transforma en recuerdos. Las carreteras norteamericanas generan una ilusión de tristeza al dejar el paisaje atrás. Quiero echar llave, antes de ingresar a una de esas autopistas interminables, a mis pasos ligeros. (Expresión que aprendí de Azorín). Las pocas personas que uno ve por las calles en estas ciudades dan una idea falsa de cuántos viven realmente en ellas. La gente vive en sus vehículos, se la puede ver en los embotellamientos a la salida de las autopistas, o en los supermercados, en los restaurantes de comida chatarra al paso, haciendo cola para llevarse el desayuno por la ventana.
Las ciudades están desiertas, sin almas a pie, el cemento incrementa la sensación térmica: más de 35 grados. Frente a mí está la placa donde se encontraba el edificio donde murió Edgar Allan Poe: el Washington College hospital de Baltimore.
¿Qué le sucedió? La muerte de Edgar Allan Poe es una de las más enigmáticas. Desaparecido en Baltimore desde el 28 de septiembre de 1849, se le encontró deambulando por el cinturón de la ciudad, cubierto de harapos, desubicado, cinco días después, el 3 de octubre de 1849. Se pensó que estaba ebrio, fue llevado, entonces, al ala de los dipsómanos. Un error: no se encontraba ebrio. Se le diagnosticó, entonces, problemas cardiacos y lesiones cerebrales que lo condujeron a la muerte el 7 de octubre, a los cuarenta años.
¿Ebriedad? ¿Epilepsia? ¿Frenitis? ¿Delirius Tremens? ¿Paro cardiaco? Las teorías, especulaciones y chismes sobre su muerte han cautivado a los estudiosos durante tantos años.
Christopher Semtner, que deambula por las habitaciones de la casa de Richmond, me pone al tanto de una investigación llevada a cabo en 2002, por Albert Donnay, un ingeniero de salud medioambiental. Donnay analizó una muestra del cabello de Poe con el fin de determinar la presencia de metales pesados en su organismo. ¿Pero dónde se encontraba el metal? En el agua, el alcohol, la comida, medicinas, el alumbrado a gas. Estas eran fuentes constantes de su dispersión. En 2017, otro estudio, esta vez a cargo del Dr. Stephen Macko de la Universidad de Virginia, analizó los niveles de isotopos de nitrógeno y carbón, también en el cabello de Poe, con el fin de ver si la dieta o su exposición a la iluminación a gas tuvieron algo que ver. Nada. Los resultados no revelan nada extraordinario. La pregunta queda abierta: ¿De qué murió Edgar Allan Poe?
Su obra alcanzó vuelo inmediato. En Londres y París recibió la atención que merecía. En París, y desde París, Charles Baudelaire lo calificó de frère litteraire, de génie incompris y acusó a los Estados Unidos de ser una prisión, de una gran barbarie iluminada por gas que no supo quererlo. Stephane Mallarmé, por su parte, lo llamó un maestro absoluto de la poesía, una voix étrange, una voz innata. Poe no murió triste, a pesar de la miseria material y calificó a la literatura como la más “noble de las profesiones” y a la que no cambiaría ni por todo el oro de California.
Frente a mí se encuentra un escaparate con el bastón, las medias, el chaleco de seda con bordados que Poe solía usar. A pesar de las angustias monetarias, Poe nunca dejó de vestir con decencia, aunque las prendas muestren pliegues indeseados. Despedirse de la casa de un escritor es fijar sus formas en el entramado de nuestra memoria, es enriquecer el universo de sus libros, de su vida, para fusionarlos con la experiencia. Nos despedimos de Poe con una ligera reverencia, muestra de gratitud eterna por los momentos atesorados durante la juventud, antes de poner manos al volante, con la carretera frente a nuestros ojos, con horas incontables de manejo por la Interestatal 95, hasta el amanecer.
Columbia, agosto de 2026
Publicado parcialmente en Bitácora, agosto de 2026.
Wari Gálvez Rivas©


